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Thursday, May 27, 2010

De regreso a las calles

¿Qué haces cuando las cosas no cambian? Qué se hace cuando los que la pueden cambiar son los que están especialmente interesados en que no cambien? Desde hace ya más una década estamos sumergidos en una parálisis legislativa que de nada ha ayudado a la sociedad. Ya se saben la historia: se cambió la cabeza pero el cuerpo del enfermo siguió siendo el mismo, aparte de que como en Young Frankestein, Igor-nosotros- escogió un cerebro poco "capaz", para no entrar en descalificaciones y en debates que en este momento no me interesan, precisamente porque va en sentido contrario a lo que quiero decir.

Cuando algo no funciona con estos personajes ni con aquellos, creo que es señal clara de que lo errado es sistemático. Algunos, no pocos, dirán que es el mexicano, que tenemos algo adentro que es autodestructivo, que nos tiramos a la milonga en lugar de trabajar, que el PRI tiene detenido al país, que no dejamos que los demás logren cosas buenas si van contra nuestros intereses. Todo esto es cierto, pero me parece más consecuencia que causa de los problemas. En México ya vimos que jamás de los jamases lograremos una reforma importante con el mismo sistema. La solución, dicen algunos, es entregarte en cuerpo y alma a la causa y votar todos por el mismo partido. Nomás falta que pidan poderes omnipotentes para el Ejecutivo, pero no vale la pena discutir con esos algunos.

¿Qué nos queda? Ya vimos que si votamos por otro la cosa puede, en el mejor de los casos, cambiar superficialmente, pero el sistema es el mismo. ¿Qué hacemos cuando los que tienen en su poder el cambio responden a los intereses de otras personas y no de los que los pusieron en ese lugar? El voto nulo sirvió para, como dicen en el gabacho, 'shake things up a little bit', y por más 'little bit' que haya sido, creo que es innegable que al menos mediáticamente sí se logró: no se habló de otra cosa en las pasadas elecciones federales. Pero sacudir al sistema con mentadas de madre en las boletas difícilmente llevará a algún lado, al menos que un porcentaje tremendamente improbable haga lo mismo... y aún así habría que ver si los líderes de su partido dan su brazo a torcer. También veo difícil crear lobbies lo suficientemente fuertes como para torcerle el brazo izquierdo a un legislador, cuando tiene a grupos como Televisa, Maseca y cualquier grupo de poder que se les antoje, torciendo el brazo derecho, las dos piernas y, sobre todo, una maleta llena de dinero para el representante del H. Pueblo.

Siempre he sido reacio a creer en el poder de las marchas. Las veo pusilánimes y me parece de lo más patético creer que vistiéndote de blanco y portando una vela lograrías conmover a delincuentes y autoridades por igual -o a las autoridades que a la vez son los delincuentes- para que por fin 'le bajen' y hagan algo. Sin embargo viendo el poder que tienen las manifestaciones públicas en otros países, creo que el problema no son las marchas ni los que marcharon: somos los que no marchamos... pero también el propósito de las mismas. Sin llegar a la violencia, creo que deben de ser más agresivas, con fines más claros, buscando respuestas inmediatas y no tratando de convertir los corazones de los despistados. Marchas al grano. ¿Qué más nos queda que regresar a las calles? Entre que sucede una cosa y la otra, yo volveré a anular mi voto.

Monday, November 23, 2009

De los pluris y la reelección

Mucho se ha escrito sobre el tema de los plurinominales y la reelección legislativa. No aspiro a reinventar la rueda y a dirigir la discusión hacia puntos jamás comentados. Voy a hacer una breve reseña de los puntos principales del debate y, por supuesto, mi opinión al respecto.
Los plurinominales aparecieron en una época en la que el sistema priista era dueño de la política nacional. En un intento de hacerle un escape a la olla de presión y en medio de una crisis política y económica, el gobierno permite la representación proporcional, es decir, que un partido esté representado en el congreso de acuerdo al número de votos que obtuvieron, aun cuando no hayan ganado la elección. Esto tuvo todo el sentido del mundo en el momento y circunstancia en la que se aplicó. Sin duda permitió una mayor pluralidad en un mundo político hasta entonces monopolizado por el grupo ganón de la Revolución mexicana.

Ahora ya es distinto y es completamente debatible si todavía deben de existir. Con una tercera parte de la población, México tiene 200 diputados más que los EEUU (quien tiene 300 contra los 500 en este país). Es de cuestionarse si hoy en día esos diputados por representación en verdad representan a alguien, aunque siendo honestos lo mismo puede decirse de los que sí fueron electos. Esto nos lleva al siguiente tema.

La reelección, como bien sabemos, es un tabú en la polaca nacional tan sólo superado por la privatización. Aun así ya tenemos varios ejemplos históricos de privatizaciones, particularmente durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. La reelección, a pesar de varios intentos legislativos, quedó en un romántico “no”. Digo romántico porque escuché a varios senadores hablar del “millón de muertos que dieron su vida por la no-reelección”. Convenientemente se le olvidó al mentado senador y senadora que la Revolución mexicana no fue causada por la reelección sino por la falta de una elección. Pero bueno, el conocimiento de la historia (o de cualquier cosa para fines prácticos) no es uno de los fuertes de los políticos mexicanos.

¿Cuál es el argumento a favor de la reelección? Bueno, aparte de que México es uno de los pocos países –de los que se hacen llamar democráticos- en el mundo que no la permiten. Por algo de ser. Se me ocurre una cosa: la representación. Más allá de la evidente necesidad de tener una continuidad en el gobierno (tres años para un diputado y un alcalde es risible, la posibilidad de proyectos a mediano y largo plazo está por ello descartada), la relación principal de un representante popular debe de ser con quienes lo eligieron. Al no existir la reelección, los diputados están sujetos a los designios de los líderes de los partidos ya que en apenas unos años quedarían desempleados, sólo a la espera del próximo hueso a roer. Sin embargo con la reelección podríamos suponer que habría un incentivo para tener más relación con el electorado y, por qué no, hacer un mejor trabajo. Si los ciudadanos están de acuerdo con el desempeño de x político, que siga, si no, el que sigue. Sin embargo el sistema actual prohíbe eso terminantemente.
De haber reelección los legisladores ya no estarían sujetos completamente a la voluntad de los dueños de los partidos, llámese líder de bancada, poderoso gobernador o inclusive el propio Presidente de la República. Definitivamente uno de los grandes tabús y mitos de éste y el pasado siglo.

Estoy convencido de que la reelección sería un paso adelante en la reforma política tan necesaria para el país. En una de esas hasta los plurinominales se volverían un poco más democráticos en lugar de depender de un mero dedazo. Total, para ellos la reelección ya existe, ¿o acaso no hemos visto a los mismos brincar de San Lázaro al senado y de vuelta una y otra vez? ¿Se atreverán a poner la reelección en mano de los electores ciudadanos en lugar de en manos de los propios partidos? Lo dudo.

Monday, October 12, 2009

Juanito entre la democracia y el progreso

El tema de las pasadas elecciones sigue teniendo cola. La reciente deserción de Juanito, la aparición de las “juanitas” y el gasto excesivo de los partidos y el IFE, traen inevitablemente el tema a colación. Sin embargo también vale la pena hacerse preguntas más generales, “ver el bosque” le dicen. Es también tiempo de plantear y replantear preguntas sobre la misma esencia de la democracia mexicana –o la cosa que sea que se hace llamar así misma así- y su futuro.

            En el 2000 se vendió la idea de que la democracia había llegado ‘por fin’ al país. También todos teníamos por entendido que ésta tiene mecanismos que promoverían el desarrollo del país, el ansiado progreso vendido y revendido en tantas formas en los últimos 150 años: desde el triunfo del Plan de Tuxtepec con Porfirio Díaz al mando, pasando por el progresismo callista-cardenista, el Cadillac de Alemán, el cuerno de JOLOPO y el primermundismo harvardiano-salinista, hasta el soñado futuro de los pesos y contrapesos, del modernismo institucional y la alternancia política en el gobierno federal. La democracia llegó y de “ahí p’adelante”, decían algunos optimistas.  

            Sin embargo, como de costumbre, la cosa no tardó tanto en podrirse. Una clase política sin miras, corrupta y entregada a intereses ajenos al bien común, se encargó de dilapidar buena parte de las expectativas creadas en ese ya lejano 2000. Ya sean las puntadas de Fox, el mesianismo de AMLO o la corrupción, ineptitud e hipocresía de -ponga aquí el nombre de quien se le antoje-, contribuyeron a una especie de ‘sordidez nacional’ que vino a profundizarse en este caótico 2009.

            Uno de los últimos circos de la polaca nacional ha sido el que tuvo lugar en Iztapalapa, donde viven 3 millones de personas pero que por alguna extraña razón captó la atención de todo el país. El héroe popular, Rafael “el Juanito” Acosta, apareció Deux ex machina para regalarnos días completos de entretenimiento a los que ya de plano admitimos nuestro cinismo en las expectativas que tenemos del país.

            ¿El show de Juanito es perjudicial para la democracia o es una mera muestra del colorido político mexicano? Un poco –o mucho- de los dos. Lo que sí es que de todos los agravios que se puedan entender de la clase política hacia los mexicanos de a pie, éste parece ser pecata minuta. El problema vendrá de los cantos de sirena que escucharemos en los próximos días, semanas y meses de aquí al ya no tan lejano 2012, sean de Calderón, Peña Nieto, Ebrard o cualquiera de los obsoletos y corruptos sindicatos que vuelven a estar en primera plana; tengan por hecho que no se hablará de otra cosa y no faltará el idiota que se lo crea. Al menos Juanito fue entretenido mientras duró (poco para nuestra fortuna).